
Ceres en el parque Lezama
Esta noche ha avanzado muy rápido, se supone que tenía que hacer varias cosas: responder mails, escribir un informe, buscar datos. Algo de eso hice, pero una conversación de ayer me puso en la cabeza el nombre de Ernesto Sabato y no pude substraerme a hojear ese hermoso libro de ideas otoñales del maestro: España en los diarios de mi vejez, un libro que compré en Buenos Aires en septiembre del año pasado a 10 pesos o menos, lo fui leyendo mientras tomaba unos cafés con medias lunas en Florida o Corrientes, y luego he abierto de tanto en tanto sus páginas para recoger las ideas y apuntes de Sabato, casi vencido por la edad pero fértil y lozano en la creación.
Ahora pienso en lo mucho que influyó en mí la obra del argentino, El túnel y Sobre héroes y tumbas fueron una revelación, tanto así que lo primero que hice cuando visité Buenos Aires fue ir a Parque Lezama, a buscar la banca a la sombra de la estatua de Ceres e imaginar el encuentro entre Martín y Alejandra, esa mujer preciosa y peligrosa, una musa ardiente, demasiado para el pobre Martín. ¡Cuántas veces imaginé encontrar a una mujer así!
Después conocí poco a poco los ensayos y superé luego de varios intentos la lectura de Abbadon el exterminador, en ese camino siempre sentía que Sabato me decía algo a mi, directamente, ¿Cómo podía entender la confusión, la desazón, el vacío de alma que entonces sentía?
Ahora hojeo las memorias del viejo, lo escucho recitando las primeras líneas de Sobre héroes y tumbas y pienso que el día que se vaya de este mundo lloraré su muerte como la de un padre, que es lo que en cierta forma ha sido para mi.